dilluns, 13 d’agost de 2012

Japón: La obsesión por el sentido común

Difícil ver una corbata. A finales de este mes de junio, con una temperatura en la calle de entre veintisiete y treinta grados y con una humedad rondando el ochenta por ciento, las calles de Tokyo, como siempre atestadas de "salarymen", mostraban un detalle muy visible. Los cuellos blancos de las camisas de esos trabajadores de oficina enmoquetada y de fluorescente de luz fría, se mostraban extrañamente abiertos y desprovistos de corbata en su inmensa mayoría. Algunos incluso, ya sin chaqueta. Sólo en Ginza y Nihonbashi se veía todavía algún riguroso traje completo y abotonado. ¿Qué ha motivado esta inusual ruptura del uniforme inamobible de los trabajadores nipones?. Pues quizás esto:
Puede que sea una anéctoda periodística sin más, pero si unimos el hecho de ver multiplicados por doquier carteles de este tipo (éste en una habitación de hotel):


a la obediencia sistemática y convencida de los japoneses a las normas establecidas, es fácil deducir que se trata de la aplicación masiva de una de las medidas más sencillas, lógicas y baratas de eficiencia energética mediante la reducción de demanda. No existe un lugar en Japón en el que se pase frío en verano, a diferencia de otros lugares como Singapur, Oriente Medio ...y Occidente. Incluso para superar las puntas de calor que se deben soportar en el metro -acondicionado hasta en los andenes- o en la calle, se venden en todos los Mart unas toallitas desodorantes húmedas. Es definitiva, reducir el consumo en climatización yendo a la raíz, al objetivo. Éste no es refrescar un edificio, sino hacer que sus ocupantes estén cómodos. Éste concepto, que se trabaja básicamente en Ergonomía, se olvida muy a menudo cuando a diseño de sistemas de confort se refiere, y es de sentido común. Cuándo un país cierra sus 54 reactores nucleares, si no utiliza el pragmatismo, puede tener problemas muy serios.
Otra sorpresa. Las ciudades niponas son impolutas hasta límites suizos (esto no es parte de la sorpresa, claro). Parece un crimen capital dejar que un papel toque el suelo. Bien, pues, utilicemos las papeleras. Sin embargo ¿Dónde están?. Recuerdo haber acarreado latas y papeles durante horas o incluso haber llevado al hotel sin encontrar algo muy normal en nuestros países: un recipiente, pagado y mantenido por la Administración, para dejar allí todo tipo de desperdicios. Al fin encuentras un punto con ordenados pequeños contenedores de reciclaje. Sin embargo, todos son privados, normalmente situados a la puerta de un supermercado o al lado de las omnipresentes-e impolutas-máquinas de vending callejeras. No existen papeleras públicas. El erario público no tiene por que gastar recursos para recoger desperdicios generados por negocios privados. Si las empresas y sus productos generan basura, ellas la recogen. Tiene lógica, y una vez más, sentido común. Es difícil ver servicios públicos de limpieza en la calle...porque hay muy poco que limpiar.
Además, el reciclaje-y sabemos que Japón no está todavía al nivel de países del Norte de Europa- es el más riguroso que he visto nunca por parte de los usuarios. En cualquier local de cómida rápida, por ejemplo, todo el mundo, todo, separa obedientemente el vaso de cartón de la bebida de su tapa de PE, de la pajita de PP y del agitador de madera, y todo va a papeleras diferentes. Es como un juego infantil de encaje de figuras. Incluso los contenedores de envases de plástico disponen de bolsitas para guardar aparte...los tapones, generalmente de PP, mientras que la botella es de PE. ¿Una muestra más del carácter obsesivo y detallista del país?...No creo. Si tu basura doméstica no está correctamente separada, no te la recogen y el pequeño cubo de tu casa será un peligro de salud pública...¿Para qué gastar dinero en costosas plantas de separación de residuos?.


Sí, es cierto que en otros aspectos el derroche energético parece una locura, sobretodo en zonas céntricas de Shibuya, Shijuku, Ginza o Akihabara. Millones de watios lumínicos y sonoros inundan la calle durante toda la noche. ¿Pero, de dónde procede ese "malgasto"?. ¿Del alumbrado público, como en Valencia? No, más bien las ciudades aparecen como Berlín, a media luz. ¿De la iluminación de monumentos y edificios, como en Dubai? No, sólo algunos emblemas como la Torre de Tokyo (con vapor de sodio) disponen de ella.


Todo ese caleidoscopio de luz y sonido procede sólo de negocios privados, agrupados en una densidad increíble. Apilados en estrechos edificios de hasta 10 plantas en los que fácilmente pueden haber 5 bares, restaurantes, salones de belleza y agencias de viaje en cada piso. Además, la competencia es brutal. Cualquier tienda, bar o restaurante, necesita publicitar intensamente sus productos y servicios, sea con sus empleados a grito pelado en plena calle, pantallas de LCD con videos a todo volumen o mediante llamativos rótulos y figuras gigantes de cangrejos. Un negocio que no se haga ver entre esa masa de rótulos, neones y LEDs está condenado. Como argumenta el CTE español en el apartado de eficiencia lumínica, el uso de energía para iluminación esta libre se ser eficiente si su uso es por motivos de representación. En Japón, se lleva al límite. Eso sí, no son tan generosos con el aire acondicionado de los comercios como muchos de los nuestros, empeñados en cazar al sudoroso viandante desde la calle o en refrigerar plazas enteras. Allí todavía se usan las puertas.
El uso de las bicicletas merece una mención. En muchas ciudades de España y otros países europeos, los ayuntamientos invierten fortunas en imaginativos- y no tanto- carriles bicis y en sistemas de alquiler para extender este medio de transporte, de evidentes ventajas. Los resultados son dispares y los conflictos entre usuarios de vehículos a motor, peatones y ciclistas son muy frecuentes. Por eso impacta observar ciclistas (gran parte de ellos de edad avanzada) circulando en calles de Tokyo, Kyoto o Hiroshima sobre aceras de apenas un metro esquivando a viandantes de manera completamente natural. Efectivamente, apenas existen carriles bici en Japón y el gobierno recomienda, por seguridad, utilizar las aceras. Y eso que no se trata de algo minoritario. Por el contrario, es un medio de transporte muy generalizado y única alternativa al transporte público dentro de las ciudades.
Y lo más chocante es que no existe ningún problema, ni sobresaltos (En Berlín y Munich puede ser estresante pisar accidentalmente un carril bici) ni malas caras. Los encuentros se resuelven con la habítual cortesía oriental. Él aminora, yo me aparto a un lado, el pasa y listos. Así, cualquier ciudad es accesible a toda su superficie en bicicleta. Unido a los problemas de acceso del vehículo privado (concentrado en autopistas), permiten una inusitada ligereza de tráfico en las calles, ocupadas básicamente por taxis, ciclistas y peatones. Y sin invertir en kilómetros de carril bici primorosamente ejecutado.
Finalmente, he de decir que resulta enormemente impactante la imagen de aparente caos total de líneas eléctricas y telefónica cruzando masivamente el aire de las vías secundarias. Ésa es la imagen en cualquier calle de un país en vías en desarrollo, pero no de la segunda economía mundial. Sin embargo, pronto se advierte un hecho curioso. Es muy difícil tropezar con alguna calle levantada por trabajos en el tendido de cualquier servicio. De hecho, la única abertura de zanja que vi fue por una avería en el alcantarillado. Se abrió sobre las diez de la noche y no quedaba rastro de ella antes de las siete de la mañana del día siguiente.


De hecho, qué mejor manera de realizar rápida y fácilmente cualquier mantenimiento que teniendo todo el sistema completamente aéreo. Y eso sin detrimento de la calidad. Viví los efectos de un tifón en Tokyo, y en medio de lluvias torrenciales y viento huracanado, no fallaron ni los proyectores que iluminaban enormes rótulos frente a mi hotel, que se balanceaban como locos en pleno huracán.

Muchos dirán que Japón no es ni mucho menos un buen modelo a seguir. Estoy de acuerdo, matan ballenas, asesinan delfines y se les inundó una planta nuclear en zona de tsunamis. Pero también creo que seria bueno que fuéramos aprendiendo un poco de lo bueno de cada sitio, sobretodo si surge de la aplicación de algo que parece que todos vamos perdiendo rápidamente, el sentido común

Carlos Moreno
agosto de 2012



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